El Pòrtic

Revista Cultural Digital

TENGO, NO TENGO

Un relato nostálgico que, a través de la anécdota de un cromo de fútbol imposible, retrata el rastro dominical de la plaza del Ayuntamiento de Alicante. Desde sus orígenes filatélicos hasta la actualidad, el autor evoca a los vendedores ilustres, los regateos y la cálida humanidad de un mercado que es patrimonio vivo de la ciudad. Treinta años después, la historia se repite con su hijastro, demostrando que hay cosas que nunca cambian.

TENGO, NO TENGO

Seguramente querido lector recordará tan vivamente, como si fuera ayer, el capítulo de la exitosa serie “Aquí no hay quien viva” en el cual el popular Amador Rivas hace y deshace por conseguir el “cromo de Iniesta”. Les pongo en situación, por si no  lo recuerdan.

Exagerado tanto en las formas como el deseo de rellenar el álbum, repleto de toda clase de excentricidades, el protagonista, desesperado por conseguir tal propósito llega a limites insospechados, acosando, persiguiendo y amenazando a un niño de poco más de doce años, el cual no le quiere cambiar dicho cromo. Amador, incluso llega a colarse en la casa del niño, se esconde debajo de la cama y espera la oportunidad para robárselo. El capítulo ni que decir, no tiene desperdicio, con escenas tan surrealistas que provocan la rápida carcajada en el espectador.

 Pero a mi la que más me llamó la atención fue el ver a los protagonistas “cambiar” los cromos. El famoso “si le, no le”, en mis tiempos “tengo, no tengo” y el abrir los sobres de las estampas y ver quien te ha salido, me retrocedió a mi niñez y a un lugar muy especial para mí, a los soportales de la plaza del ayuntamiento donde hace muchos años de la mano de mi abuelo descubrí el rastro de Alicante.

Sería domingo, sin duda, pues es en ese único día donde los vendedores de sellos, libros, discos, tebeos, antigüedades en general y cromos plantan sus escuetos puestos  en la plaza del ayuntamiento. Tendría yo poco más de doce años, delgado, con el pelo a lo page, aún sin dar el  estirón y enfadado con el mundo entero porque no conseguía el dichoso cromo que me faltaba para rellenar el álbum. Todos los años me pasaba lo mismo, siempre había una estampa que me impedía terminar la colección, empezaba  de esta manera a  conocer lo que era la frustración.

Cansado también ya de patearme sin éxito los barrios, las plazas y las calles más populares de mi ciudad para conseguirlo, y desesperado por gastar dinero comprando sobres de estampas en los quioscos de mi calle a la espera de abrirlos y encontrarme con el cromo de Arconada, mi fe en los milagros al igual que mi paga se fue esfumando. 

De nada había servido ser el primero entre mis amigos en comprarme el álbum, los dos tubos de pegamento y medio para pegarlos y las tardes pasadas cambiando las “repes”. Sí, ha leído usted bien, estampas, por que así se llamaban  en mi época y no cromos como ahora se conocen. Tampoco se le ha pasado de largo lo de los tubos de pegamento, pues sepa que sí, que antes las estampas eran de cartón, no adhesivos y había que pegarlos con sumo cuidado en sus respectivos cuadrados con la cantidad justa de pegamento para no manchar la página ni quedar con los dedos pegados.

—Venga Alberto, que nos vamos a dar un paseo—me dijo mi abuelo mientras yo terminaba de ordenar mis “repes” en el taco bien sujeto por un par de gomas elásticas robadas de un par de cartones de huevos de la despensa de mi abuela.

Con poca ilusión por dar un paseo, me cogí de la mano de mi abuelo y “costera per a baix” enfilamos hacía el centro de la ciudad. A nuestros pasos, Tabacalera, Las Palmeretas, San Antón, el Panteón de Quijano, el mercado central y la Rambla, íbamos dejando atrás.

—Yayo, ¿me compras un sobre?—le pregunté nada más ver un quiosco en la Rambla.

—¿Un sobre de qué?

—De estampas de futbol.

—Más estampas, si tienes un montón.

—Es que me falta una para rellenar el álbum y terminar la colección.

—¿Y cuánto vale el sobre?

—25 pesetas.

—¿Y te va a salir el que te falta?

—No es seguro, puede que sí.

—Tengo una idea mejor, te voy a llevar a un sitio donde igual lo consigues.

Ni que decir, que en ese instante volvió a mí la fe y mi abuelo volvió a subir un peldaño más en la categoría de héroe.

Situado en los soportales de la plaza del ayuntamiento, el rastro de Alicante tiene su particular historia y no siempre ha estado allí ubicado. Hay que remontarse a principios del siglo XX cuando un jovencísimo Gabriel Miró bajaba al centro de la ciudad a comprar libros viejos y allí un vendedor llamado Cándido, que terminó instalando una tienda en los soportales en dicha plaza, se los vendía.

Los inicios del rastro, fueron en otro lugar, más concretamente en las reuniones que los domingos y fiestas de guardar la Sociedad Filatélica y Numismática de Alicante tenía la costumbre de organizar para intercambiar monedas, billetes y sellos. Primero fue en los Salesianos, en los años sesenta se trasladó al Portal de Elche, en los ochenta a la calle San Vicente y posteriormente a la plaza del Ayuntamiento.

Allí,  bien temprano los vendedores montaban sus puestos, con tableros aguantados por caballetes de madera, con sábanas blancas que hacían de improvisados manteles, y sobre ellas, cajas y cajas repletas de antigüedades, de libros, de tebeos, de archivadores con billetes, monedas y sellos de otros países, de lps de vinilos y singles antiguos, de relojes, de cuadros, de postales, de periódicos, de estampas…

Su mayor auge llegó en los años 2000 cuando cada domingo lloviese o tronase, hiciese sol o hiciese frio, unos 40 puestos adornaban los estrechos pasillos de la plaza, convirtiéndolo  en todo un mercado, centrado en el coleccionismo y en las antigüedades, típico de los domingos y del lugar. No ha vuelto a cambiar de ubicación salvo en el año 2009  que sufrió un provisional traslado a la plaza de Gabriel Miró a causa de las obras de remodelación de los aledaños del ayuntamiento.

El paso del tiempo y la proliferación de otros tipos de mercadillos y rastros por la ciudad y sus pedanías, le ha ido restando importancia y puestos, a la vez que le han dotado de muchas anécdotas curiosas. Entre ellas la más destacada (no totalmente demostrada) es la venta por cuatro duros de un cuadro que luego resultó ser de Rubens. Otra anécdota fue la aparición de un ejemplar de los “Estoicos” editado en los años treinta, en el cual se encontraron anotaciones sobre la guerra civil y la posterior represión. Otra curiosidad que particularmente escuché durante mis idas y venidas al rastro de la voz y entusiasmo de su vendedor, fue la suerte que tuvo un vecino al poder completar dos colecciones de estampas de futbol de distintas épocas, una de los años setenta y otra de los noventa.

El trato de muchos de estos peculiares vendedores, ilustres en sus puestos (Eusebio, Cándido, Juan…por citar a algunos) junto con los regateos típicos a la hora de pagar, la compra- venta y el trueque, dotaron a esta plaza de una cálida humanidad y la convirtieron en todo un referente de la ciudad. Actualmente sobrevive como puede intentando mantener su pedigrí luchando contra los vendedores ambulantes y los top manta.

—¿Tiene el  de Arconada? — le pregunté al enjuto vendedor de estampas cuando llegó mi turno.

—Claro que sí, son doscientas pesetas—añadió el astuto vendedor.

—¿Doscientas pesetas por una estampa? si con eso compro el pan y un litro de vino — le contestó a regañadientes mi abuelo.

—Es que es muy rara, hacen pocas, imprimen las justas y claro está, por eso vale más—le contesto rápidamente y hábilmente el vendedor.

Yo ya intuía que mi abuelo no iba a pagar ese dineral por una estampa. Otra vez se me  desvanecía la fe.

—Yo la tengo “repe”. ¿Si quieres te la cambio? — escuche decir a mis espaldas.

Dejando atrás el enfado del dueño del puesto que  acababa de perder un cliente, aquel chaval  de mí misma edad, desconocido hasta ese momento, me hizo recuperar la fe. Juan Antoraz Molina se llamaba, nunca lo he olvidado.

—Te la cambio.

 Allí sentados en uno de los pocos banquitos que había en la plaza nos sentamos a intercambiar cromos.

—Tengo, tengo, tengo, no tengo, tengo, no tengo, no tengo, tengo, tengo…

A los pocos minutos, un par más de niños se nos acercaron, a los diez minutos éramos ya una docena. A la media hora, de tantos niños que nos agolpábamos en medio de la plaza para intercambiar estampas, un guardia se nos acercó a ver que estábamos haciendo.

—Todo en orden, solo son niños cambiando estampas—le puso al corriente mi abuelo y el de Juan.

—Pues el del puesto de estampas está que trina—nos advirtió el guardia.

 

Treinta años después, la historia se volvía a repetir. A mi hijastro le faltaba uno para completar la colección de cromos, estampas para mí, un balón de oro que se le resistía en los sobres tenía la culpa, y la solución estaba bajo los soportales del ayuntamiento.

—Diez euros cuesta.

—¿Diez euros por una estampa? Si con eso nos tomamos un aperitivo — contesté indignado.

—Es que imprimen pocos, es muy rara de conseguir…

—Deje, deje, no insista que esa cantinela ya me la conozco—le contesté de inmediato.

Cuando miré a mi hijastro y le vi perdiendo la fe, me acordé de mi amigo Juan.

En medio de la plaza, tres décadas después, acabamos intercambiando cromos hasta conseguir el ansiado balón de oro.

Como verá querido lector, hay cosas que no cambian, van a menos, pero no cambian. Lo que fue a más fue la cara de enfado del dueño del puesto al ver perder tantos clientes.

A mis cincuenta años, suelo bajar de vez en cuando los domingos a dar una vuelta por el rastro. Allí por los escasos puestos que aún quedan suelo dar una vuelta por si encuentro algo, alguna ganga como dirían los entendidos. Aunque realmente la verdadera razón por lo que continuo buscando y rebuscando por entre sus puestos sea la nostalgia.

 

Sobre l'autor

Alberto Soler García

Alberto Soler García escriu des de la memòria d’una ciutat que encara guarda moltes històries per contar. Nascut a Alacant el 1976, va debutar en la novel·la amb La cuerda y el cubo, una obra ambientada en l’Alacant de la Guerra Civil que recupera, a través d’una família del barri de les Carolines, les vides que van quedar atrapades entre la por, la traïció i la supervivència.

El seu treball naix de l’escolta i de la necessitat de preservar una memòria que sovint s’ha transmés de casa en casa, de generació en generació, i que corre el risc de desaparéixer si ningú no la posa per escrit. A través dels testimonis de veïns i familiars, Soler reconstrueix una ciutat que va viure la guerra als carrers, als mercats i dins de les cases. Perquè, de vegades, per entendre la història d’un lloc, cal començar per les històries de la gent que l’ha habitat.

1 comentari

Marisa 15/10/2026

Cierto!! Se eran estampas y se pegaban con tubo d pegamento y medio y yo mis estampas au las llegue a pegar con engrudo ( pasta hecha con harina y agua). Soy más vieja jeje

Deixa un comentari

Comentari en revisió

Els comentaris es revisen abans de publicar-se.
El teu comentari apareixerà un cop haja estat aprovat per l'equip de redacció.

Articles relacionats